domingo, 25 de septiembre de 2016

La huella de Chevron que no se fue de la Amazonía

La huella de Chevron que no se fue de la Amazonía
Septiembre 25 10:26 2016
Por Carlos Narea
 
 
 
Quito (Ecuador).- Desde el aire, el espectáculo del verdor de la Amazonía hace pensar en una tierra que el hombre ha dejado intacta. Son kilómetros y kilómetros de una espesa selva, surcada por amplios ríos, donde la naturaleza, sin duda, es la reina. Pero al observar más de cerca, al aterrizar, el panorama es otro. Sobre todo cuando se llega al sitio donde están las piscinas que dejó la petrolera estadounidense Chevron al salir de Ecuador.
Las piscinas son parte de la supuesta remediación ambiental que la multinacional realizó en el país. En la práctica, son agujeros cavados sin ninguna técnica, destinados para ser el reservorio de cientos o miles de galones de crudo. El olor que recorre el ambiente es una mezcla de lodo y azufre. No hay duda, las plantas de los alrededores están contaminadas por el “oro negro”. La tierra misma es una trampa mortal, donde incluso parece posible la desaparición de un animal de gran tamaño, con solo pisarla.
Hasta allí llegó Abby Martin, una periodista estadounidense que mantiene un espacio denominado The empire files (Los archivos del imperio) en la cadena de noticias Telesur. En el programa denuncia la corrupción, el encubrimiento y las demás tramas que están detrás de la imagen de los Estados Unidos como el país “campeón de las libertades”.
Para Martin, denunciar el caso de Chevron es otro capítulo más que comprueba cómo las multinacionales engañan, destruyen y corrompen a los países en desarrollo, como Ecuador. “Conocer de cerca la contaminación que dejó esa empresa fue un impacto. No imaginaba que fuera tan grande. Conocer a las personas que fueron afectadas por la multinacional fue duro”, manifestó la reportera.
Se refiere a los más de 30 mil afectados por la contaminación de crudo que dejó las operaciones de la petrolera -antes llamada Texaco- entre 1964 y 1992, sobre una extensión de alrededor de 500 mil hectáreas en la zona de Lago Agrio. Los damnificados lograron en 2011 que se emita una sentencia en contra de Chevron, la cual le obligaba a indemnizar con 9.500 millones de dólares a las víctimas.
Wilmer Moreta es uno de los afectados. Llegó como maestro para la escuela de la zona y ahora padece cáncer de piel. Su pierna es la más afectada. “Nosotros no sabíamos qué pasaba. Veíamos petróleo por las calles, se olía feo. Luego nos enteramos que hasta el agua podía estar contaminada. Poco a poco comenzamos a conocer de las enfermedades de los vecinos”, manifiesta Moreta.
Otro vecino, Rigoberto Amaya, quien por más 30 años ha vivido en la zona de la contaminación de Chevron, relata cómo al principio nadie se dio cuenta de lo que pasaba, “hasta que los niños que nacían tenían llagas, piel roja y manchas blancas. Luego vimos que la gente se enfermaba y se moría. Los animales se caían en las piscinas y se ahogaban”.
Al cortar las plantas que están cerca de las piscinas salen gotas de petróleo. Cáncer de pulmón, a la piel, leucemia y deformidades genéticas son fáciles de encontrar entre los pobladores de los alrededores. El agua del río es tóxica, y es de allí desde donde se surten los habitantes para lavar ropa, bañarse y beber.
Chevron nunca pidió disculpas a los afectados. Hasta ahora no ha pagado la indemnización ni ha admitido la culpa en uno de los desastres ecológicos más grandes del mundo. En medio de todo esto, a Amaya se le pregunta: ¿qué le diría al máximo representante de la petrolera si lo tuviera al frente? Solo responde: “Le ofrecería un vaso de agua del río”. CNF/El Ciudadano

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